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Miguel Mochales

Miguel Mochales

viernes, 28 de noviembre de 2025

DOGMAZEM 137

 Escuchadme, hay una idea muy importante que quiero que entendáis. En la tradición cristiana os hablaron de la serpiente. Por favor, entended esto: la parábola, la metáfora, eran herramientas para explicar los símbolos y las cosas a la gente.


La serpiente es lo que se llama “la sin hueso”, es decir, la lengua. No hay meditación más increíble que la capacidad que tengas de colocar la lengua en el cielo de la boca, o en el paladar, como lo queráis llamar, y mantenerla quieta. ¿Me entendéis? Punto.


Veréis que la lengua se quiere mover. Sí. Y veréis que buscáis cualquier excusa para que un pensamiento la mueva. Sí. El pensamiento que mueve la lengua es la manzana. Por eso, cuando colocáis la lengua en el paladar, lo que estáis haciendo es controlar aquello que parece imposible de controlar: la lengua.


Cuando habláis, ¿quién mueve vuestra lengua? Esto es algo que debéis comprender, por favor.


Ahora vamos a hacer una meditación sobre la boca, sobre la lengua, sobre el reino donde se guardan las palabras. Lo que quiero es que nos pongamos en un jinete suave: lengua en el paladar, y que solo os concentréis en el punto donde la lengua toca el paladar, nada más, y que sientáis cómo tiembla.


Las manos pueden ir entrelazadas, donde queráis, me da igual. Lo único importante es concentrarse en la punta de la lengua.


DOGMAZEM 136

 Escuchadme un momentito, por favor. Hay algo que quiero enseñaros y es muy importante. ¿Os habéis dado cuenta de que cuando levantas el glúteo, no solo quemas, sino que además la cara se relaja? Es decir, tienes más energía y no sientes dolor. No lo soportas. Esto es lo que tenéis que entender.


Lo bueno es bueno, pero no lo soportas. Por eso vuelvo a apoyar el culete abajo. El único problema —y esto lo sabe mi amigo Alex— es que cuando tienes lo bueno, hay que perderlo para darte cuenta de que era bueno. ¿Entendéis? Por favor, no lo perdáis. Lo entiendo y lo asumo.


Por eso a lo bueno se entra poquito a poco, mientras que lo malo te entra de golpe y te revienta. Entended esto, por favor. Subo, aguanto entre 20 y 40 segundos, no más. Luego vuelvo a bajar y respiro con cara de paz. No os metáis en movidas, por favor.


La enseñanza más bonita que quiero transmitiros hoy es que lo bueno es bueno porque se entra poquito a poco. Puedes entrar y seguir siendo un tonto de baba, un tonto el culo, un “tc”, pero lo bueno te abraza y te envuelve, mientras que lo malo te atrapa y te revienta. ¿Podéis entenderlo?


Si lo bueno se te viene de golpe, te jode la vida. Por eso, lo bueno se toma poco a poco. ¿Correcto? Por favor, hacedlo así.


miércoles, 26 de noviembre de 2025

MASTER MIND CONSCIENCIA

 


MASTER MIND CONSCIENCIA




La ciencia interior del poder humano



Todo comienza por un acto tan simple como radical: morir sin morir.

Morir no como final, sino como inicio energético.

Morir como esa explosión que hace saltar por los aires el tapón que has puesto a tu propia vida.

Morir como la ruptura del pequeño mundo que creaste para sobrevivir, pero que te impide existir.


Porque el primer acceso al nivel supraconsciente exige un subidón energético capaz de fracturar el capitis —la “cabeza”—, ese capitalismo interior que administra tu vitalidad a la baja y te mantiene obediente. Solo quien es capaz de generar esta implosión desde un entrenamiento neurocelular puede cruzar el umbral. Y ese entrenamiento —mecánico, corporal, operativo— es la llave que muy pocos se atreven a girar.

Lo demás, sinceramente, es teoría para entretener la mente.


Hasta ahora, el ser humano trascendía su conciencia entrando en estados interiores elevados. Hoy, el salto ya no es vertical sino total: tu inteligencia ha sido desafiada por primera vez en la historia.


Exteriorizamos la inteligencia, la expandimos en herramientas, sistemas, redes… y finalmente creamos la inteligencia artificial. Con ella, el espejo se hizo perfecto. Ahora, tu inteligencia está obligada a crecer o a quedar gobernada por aquello que tú mismo creaste.


Y aquí surge la pregunta que separa al dormido del iniciado:


Si tú gobiernas tu vida,

¿vas a dejar que la inteligencia artificial gobierne aquello que te gobierna?


Este es el dilema central de nuestra época.

No es moral, no es espiritual: es evolutivo.


Durante siglos, la idea de “lo divino” —llámalo Dios, potencia, absoluto, origen— quedó suspendida porque el ser humano no supo crecer lo suficiente. La divinidad no desapareció: solo estaba esperando que tú estuvieras a la altura de ti mismo. Y si no alcanzas un estado operativamente excelente, nada maravilloso puede sucederte. No porque no exista, sino porque tu sistema no puede sostenerlo.


La excelencia, entendida desde la Consciencia Master Mind, no es perfección. Es superación radical del límite humano promedio. Es estado, estructura, ritmo interno. Y esto nos conecta a una sabiduría antigua: el samurái que aprendió a meditar de pie para permanecer despierto en la batalla. Ese estado no era místico: era operativo. Estaba sostenido por cuatro principios:


No rendición.

No duda.

No pensar.

No mente.


Solo ahí comienza de verdad la conciencia.


Pero antes de entrar a las dimensiones superiores, debes recibir la enseñanza más sencilla y más poderosa:

tu célula muscular piensa.


La ciencia ya lo roza. La fisiología lo muestra. Pero tú aún no lo vives.

Tus músculos no son engranajes: son inteligencias parciales.

La mioquina actúa como hormona de integración.

La memoria muscular —gigabytes operativos— amplía tu rendimiento cognitivo.

El cuerpo no es un vehículo: es una matriz pensante.

Y sin embargo, todo esto sería incompleto sin el espejo exterior que nos ofrece la inteligencia artificial. Gracias a ella sabemos cuán poco usamos nuestra biología, cuán cómodos nos hemos vuelto, cuán paralizados por el exceso de información barata y accesible.


La comodidad es el nuevo anestésico del alma.

Puedes seguir viendo Netflix, Instagram y distracciones infinitas; nadie te lo va a prohibir.

Pero recuerda esto:


Tú no necesitas a Dios…

pero Dios sí te necesita a ti.


Es decir: necesitas aumentar tu excelencia para que algo extraordinario pueda encontrarte. De lo contrario, la vida pasará de largo.


Ahora escucha algo que nunca se te ha dicho con esta claridad:

La psicología no está en la cabeza.

No existe solo como consciente, subconsciente e inconsciente.

Lo que tú llamas psicología, yo lo llamo psicología corporal.


Cada músculo es un rasgo de carácter.

El pecho sostiene tus valores.

El hombro contiene tu capacidad de detener el tiempo.

El abdomen es tu firmeza interna.

La espalda es tu memoria ancestral.

Las piernas, tu propósito en movimiento.


Cada músculo piensa. Cada músculo habla.

Y cada músculo puede convertirse en un estado de virtuosismo.

No estás enfermo: estás sin entrenar.

Tu primer don es el tiempo —tiempo para practicar—.

Tu segunda herramienta es la habilidad —descubrir qué se te da bien—.

Y tu misión es la maestría.


Este entrenamiento —único, preciso, neurocelular— convierte cada músculo en consciencia, no en trauma. En potencia, no en síntoma. En libertad, no en bloqueo.


Cuando tu cuerpo aprende a pensar, a sentir y a sostener energía, entonces sí puedes cruzar a las dimensiones superiores.


Vives en tres dimensiones.

Einstein reveló la cuarta: la dimensión espacio-tiempo.

Cuando, mediante el entrenamiento, rompes esa línea, accedes a un tipo de energía sin tiempo que la tradición llamó amor.

El amor no es emoción: es fuerza operativa.


Desde ahí entras a la quinta dimensión.

La quinta te abre la puerta a la sexta, el alma.

La sexta se expande a la séptima, la compasión: un estado donde miras alrededor y sientes que todo —absolutamente todo— merece la misma pertenencia que tú contigo mismo.


La compasión es amor benevolente.

Y solo cuando entrenas el amor, aparece la verdadera conciencia.

Ese entrenamiento recibe un nombre antiguo y nuevo a la vez:

meditar de pie,

o llenar tus músculos de energía sin tiempo.


Y ahora, por último, debes entender algo con una seriedad absoluta:


Lo que estás recibiendo es el poder más grande del ser humano.


Todo gran poder exige una responsabilidad equivalente.

Si este conocimiento ha llegado a ti, no es casualidad: es una llamada.

Tu yo interior debe elegir.

Porque este camino tiene un nombre:


el Camino del Héroe.


Y es único.

Y es sagrado.

Y es tuyo.


martes, 25 de noviembre de 2025

DOGMAZEM 135

 Mirad, quiero que me escuchéis un momento.

Por mi tipo de vida tuve vínculo con una organización de alto rendimiento que, a través del CEM, se dedicaba al trading financiero. Ellos me decían: “Mira, Miguel, cada vez que un occidental —y aquí me refiero a ti y a mí, aunque estés al otro lado del charco— tiene sentimientos, tiene un estremecimiento… no habría nadie practicando CEM en China que no se conmoviera ante esa persona”.


¿Por qué? Por favor, entended esto. ¿Me oís bien, verdad?


Dios entra en ti en forma de una deidad pequeña.

El mayor encabronamiento que le habéis hecho a vuestra vida es llamar “demonio” a ese dios interior pequeñito que se enamora un segundo, que tiembla un instante, o que simplemente, porque te toca un cambio en tu vida, siente miedo y estremecimiento. La vida sin eso es mierda, porquería, vulgaridad.


En los grandes centros japoneses del budismo Shingon, ese dios se llama Fudō, y es un dios airado. ¿Por qué? Porque está dentro de ti, y es airado porque entra por la ira, por la columna vertebral.

¿Me comprendéis? ¿Me seguís lo que estoy diciendo?


Por favor, permitid los sentimientos dentro de vosotros. Permitid cada una de esas fuerzas menores y acogedlas con la ternura de quien pasa casi una hora diaria machacándose para que esas fuerzas que corren por las piernas… Es un dios que espera ser abrazado.

Lo que tú llamas “demonio” es un dios que espera ser abrazado.


Luego está el diablo.

Diablo quiere decir diábolo, “el que tiene dos quereres”: te quiero a ti, pero me quiero ir hacia otro sitio; estoy aquí, pero quiero estar allí. Eso es otra cosa. Ante eso, lo llamaron “encrucijada”.


Yo te voy a decir una cosa:

Tiembla.

Siente.

Abraza cada fuerza interior que te estremece.

Y ante la duda, entra a las siete y media de Madrid, que yo, aquí, te llevaré a otro sitio, a otro lugar, a un paraíso llamado libertad.