CONSCIENCIA, COMPASIÓN Y EL AMOR MÁS ALLÁ DEL AMOR
He comprendido algo esencial con el tiempo y con el cuerpo.
La consciencia, por sí sola, no es nada.
Puede ser lucidez, puede ser visión, puede ser comprensión…
pero si no está sostenida por la compasión,
se vuelve fría, distante, incluso arrogante.
La consciencia sin compasión observa,
pero no habita.
Y también he visto algo más profundo todavía:
la compasión no se entiende
mientras uno no ha ido más allá del amor.
El amor que conocemos, el amor que nace del pecho y se proyecta,
es devoción, entrega, fuego.
Es un amor necesario.
Es el camino.
Pero ese amor, mientras sale hacia fuera,
todavía gira alrededor de un centro que quiere amar.
Y todo lo que quiere, aunque sea amar,
todavía busca algo.
Cuando el amor madura, deja de proyectarse.
Deja de necesitar objeto.
Deja de necesitar respuesta.
Entonces ocurre algo decisivo:
el amor se convierte en compasión.
La compasión no ama a alguien.
La compasión sostiene todo.
No elige.
No separa.
No exige.
El camino de la devoción no termina en el amor,
termina cuando el amor deja de ser un acto
y se convierte en un estado estructural del ser.
Ahí el amor ya no es emoción,
es centro.
Y cuando el amor se vuelve centro,
deja de girar alrededor del mundo
y el mundo empieza a girar alrededor de él.
No porque controle nada,
sino porque lo acoge todo.
La compasión es eso:
el amor que ha dejado de moverse.
El amor que no va hacia fuera
ni se repliega hacia dentro,
sino que permanece.
Y solo ahí,
cuando el centro es compasión,
aparece la consciencia verdadera.
La consciencia no es pensar mejor.
No es entender más.
No es ver más lejos.
La consciencia es cuando el centro refleja todo
sin deformarlo.
Cuando nada es rechazado.
Cuando nada es apropiado.
Cuando nada necesita ser cambiado.
Por eso digo que:
sin compasión no hay consciencia,
y sin ir más allá del amor no hay compasión.
El amor es el camino.
La compasión es la madurez del amor.
La consciencia es el espejo que aparece
cuando el centro ya no tiembla.
Ahí todo se vuelve simple.
Ahí todo descansa.
Ahí el ser humano deja de buscar
y empieza, por fin,
a estar.
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