entrenamiento zen, máximo rendimiento, tao, meditacion,dojo en madrid, practicar zen

Miguel Mochales

Miguel Mochales

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Claves del entrenamiento neuro celular. Capítulo cuatro

 CAPÍTULO 4

LA ENTRADA

1. Hay una puerta

Toda transformación necesita una entrada.

No basta con tener un cuerpo.

No basta con entrenarlo.

No basta con desarrollar fuerza.

Hay que saber entrar en el estado desde el que esa fuerza puede ser utilizada.

Y aquí aparece la cuarta clave.

LA ENTRADA.

Porque una cosa es construir el cuerpo.

Otra muy diferente es saber entrar en él.

Y todavía otra es saber salir del entrenamiento siendo una persona diferente.


2. El Zen

Esta clave nace de una experiencia muy concreta.

La práctica del Zen.

Durante casi diez años formé parte del mundo Zen como monje en práctica.

No llegué al Zen desde la teoría.

Llegué desde la experiencia.

Desde la posición.

Desde la respiración.

Desde el silencio.

Desde la repetición.

Desde permanecer.

Y aquello que estaba aprendiendo en el Zen empezó, poco a poco, a encontrarse con aquello que estaba descubriendo en el entrenamiento.

Hasta que las dos prácticas comenzaron a hablar el mismo idioma.

El cuerpo.

La atención.

La tensión.

La postura.

La presencia.


3. Cuando no hay material

Mi primer modelo de entrenamiento nació, además, desde una necesidad muy sencilla:

no había apenas material.

Y cuando no tienes material, tienes que aprender a utilizar el cuerpo de otra manera.

Había que apretar.

Había que sostener.

Había que cargar.

Había que encontrar posiciones.

Y apareció algo que para mí fue revelador.

La forma de sujetar y apretar el disco, implicando especialmente la musculatura del trapecio y de la cintura escapular, podía recordar a la configuración de las manos en determinados mudras utilizados en la práctica meditativa Zen.

No era una copia.

Era una correspondencia.

Una intuición corporal.

Una puerta.


4. El cuerpo encuentra formas

Esto es importante.

Porque muchas veces creemos que una práctica empieza cuando alguien nos explica qué tenemos que hacer.

Pero no siempre es así.

A veces empieza cuando el cuerpo encuentra una forma.

Una posición.

Una tensión.

Una manera de respirar.

Una manera de mirar.

Y entonces aparece algo que ya conocíamos.

Pero que todavía no habíamos relacionado.

El cuerpo reconoce antes de que la mente comprenda.


5. Occidente y el loto

Había además un problema práctico.

La posición tradicional de loto no resultaba sencilla para muchos occidentales.

La movilidad necesaria en caderas, rodillas y tobillos no está igualmente disponible para todas las personas.

Y entonces hubo que adaptar.

No para abandonar la práctica.

Sino para poder practicar.

Así apareció para mí una transición fundamental:

del zazen al ritsuzen.

De sentarse.

A permanecer de pie.


6. Ritsuzen

Y aquí sucedió algo extraordinario.

Porque el ritsuzen introducía una variable que para mi sistema era fundamental:

las piernas.

Ya no era únicamente sentarse y observar.

Era permanecer de pie.

Era organizar el cuerpo.

Era sostener la vertical.

Era estar quieto mientras todo dentro de ti quería moverse.

Y entonces comprendí que la quietud también podía ser un entrenamiento.

Incluso podía ser el entrenamiento que faltaba después del entrenamiento.


7. Entrenar y después detenerse

Imagina la secuencia.

Primero:

hierro.

Tensión.

Repeticiones.

Esfuerzo.

Respiración.

Fatiga.

Energía.

Después:

quietud.

Silencio.

Verticalidad.

Atención.

Ritsuzen.

Ese cambio era fundamental.

Porque no se trataba solamente de entrenar.

Se trataba de saber qué hacer con aquello que el entrenamiento había despertado.


8. El entrenamiento te eleva

Después de una sesión de pesas aparecía una sensación muy particular.

Claridad.

Presencia.

Energía.

Una percepción diferente de uno mismo.

El cuerpo estaba activado.

La atención estaba más presente.

Había una sensación de capacidad.

De potencia.

De expansión.

Pero había un peligro.

Y este peligro es profundamente humano.

Confundir potencia con grandeza.


9. Cuando te ves fuerte

Porque hay una cosa que sucede cuando entrenas.

Te miras.

Te ves más fuerte.

Más grande.

Más definido.

Y aparece una sensación de poder.

Y el poder, cuando todavía no ha sido educado, puede producir una cosa muy curiosa:

te convierte en un pavo.

Lo digo así.

Sin filosofía.

Sin adornos.

Sin solemnidad.

Entrenas.

Te ves cachas.

Y durante un rato puedes entrar en altos estados de gilipollez.

Es humano.

Es divertido.

Y también es peligroso.

Porque el ego puede crecer exactamente al mismo tiempo que crece el músculo.


10. El problema no es estar fuerte

El problema nunca fue estar fuerte.

El problema es creer que por estar fuerte ya eres grande.

No.

El músculo puede darte presencia.

Puede darte confianza.

Puede modificar tu relación con el cuerpo.

Pero no te convierte automáticamente en una persona noble.

El músculo construye una herramienta.
No decide para qué la utilizas.


11. Entonces aparece la entrada

Y aquí está la cuarta clave.

Después de entrenar, había que entrar.

Entrar en otro estado.

Entrar en otra relación con uno mismo.

Entrar en el silencio.

Por eso el ritsuzen colocado al final de la sesión adquiría un significado especial.

No era simplemente meditación.

Era una transición.

Del esfuerzo a la presencia.

De la expansión a la integración.

Del músculo al silencio.

Del poder a la conciencia.


12. El ritsuzen quitaba la tontería

Y aquí aparece una expresión que para mí lo explica perfectamente:

el Zen me quitaba la tontería.

Después de entrenar podías sentirte enorme.

Podías sentirte poderoso.

Podías sentir que habías conquistado algo.

Y entonces te ponías de pie.

Quieto.

Respirabas.

Observabas.

Y permanecías.

Sin hacer nada.

Sin demostrar nada.

Sin enseñar el músculo.

Sin necesitar que nadie lo reconociera.

Y ahí aparecía otra dimensión.


13. El pavo se encuentra con el silencio

Este es uno de los grandes aprendizajes.

El entrenamiento puede inflar.

La práctica puede centrar.

El entrenamiento puede expandir.

La práctica puede integrar.

El entrenamiento puede llevarte hacia afuera.

La meditación puede devolverte hacia dentro.

Y entonces ocurre algo maravilloso:

el pavo se encuentra con el silencio.

Y el silencio no necesita discutir con él.

Simplemente permanece.


14. La entrada como ritual

Por eso la entrada no es simplemente entrar en un gimnasio.

Es algo mucho más profundo.

Es entrar conscientemente en una práctica.

Y también es saber cuándo una práctica termina para comenzar otra.

ENTRENAMIENTO → TRANSICIÓN → PRESENCIA.

Ese espacio intermedio es la entrada.

No es todavía el final.

No es ya el entrenamiento.

Es el umbral.


15. El umbral

Todo héroe necesita un umbral.

Pero también todo entrenamiento.

Porque puedes entrar al gimnasio siendo una persona.

Puedes salir siendo otra.

Pero para que eso ocurra necesitas un instante de transición.

Un momento en el que el cuerpo deja de luchar.

Y empieza a escuchar.

Ahí comienza la verdadera entrada.


16. La cuarta clave

La cuarta clave no consiste en elegir entre pesas y Zen.

No consiste en convertir el gimnasio en un templo.

Ni en convertir la meditación en una sesión de entrenamiento.

Consiste en comprender que ambas experiencias pueden encontrarse en un mismo proceso:

construir, detener, observar, integrar.

Primero haces.

Después permaneces.

Primero generas energía.

Después aprendes a contenerla.

Primero construyes potencia.

Después aprendes a gobernarla.


17. El poder necesita dirección

Porque el poder sin dirección se dispersa.

La energía sin atención se convierte en impulso.

La fuerza sin conciencia puede convertirse en ego.

Pero cuando la fuerza encuentra presencia, ocurre algo diferente.

El cuerpo deja de ser únicamente una apariencia.

Se convierte en una disciplina.

Y la disciplina empieza a convertirse en carácter.


18. La entrada consciente

Por eso esta cuarta clave es tan importante.

No se trata solamente de entrenar más.

Se trata de aprender a entrar.

Entrar en el ejercicio.

Entrar en la respiración.

Entrar en la postura.

Entrar en el silencio.

Entrar en uno mismo.

Porque quien sabe entrar también aprende a permanecer.

Y quien aprende a permanecer empieza a transformarse.


19. La conquista

La conquista de esta clave no es levantar más peso.

Es algo mucho más difícil.

Levantar el peso sin dejar que el peso te levante el ego.

Construir el cuerpo.

Y después sentarte —o permanecer de pie— delante de aquello que has construido.

Mirarlo.

Sentirlo.

Y no necesitar convertirlo en una identidad.

Eso es la entrada.

ENTRENAR EL CUERPO.
DETENER LA MENTE.
INTEGRAR LA EXPERIENCIA.

Y cuando esa entrada se produce, aparece una pregunta todavía más profunda:

¿qué es exactamente lo que hace que un músculo responda, se contraiga, se adapte y transforme nuestra experiencia?

La respuesta nos lleva al siguiente territorio.

LA SEÑAL.


No hay comentarios: